Del blanco al negro

El despertar de ese 25 de diciembre del 62 fue inolvidable. La camiseta blanca con el indio en el pecho, pantalones negros con la huincha blanca al costado y los zapatos de futbol, iluminaron la pieza con olor a tierra húmeda. Las interminables pichangas en el recinto estación tendrían otro color.

Las calidas noches de verano se acortaban escuchando los partidos que en el coliseo ñuñoino enfrentaban al cacique con el Santos, Estrella Roja o el Dínamo de Moscú. Darío Verdugo y Sergio Silva, alentaban la imaginación de quienes seguíamos religiosamente la ondulante voz en AM que parecía irse y volver con la sonoridad del interminable grito de gol, a través de la pequeña radio del perrito, que destacaba por algo que me gustaba seguir en la oscuridad: la lucecita del ojo verde.

Los jueves el andén siempre repleto a la espera del tren de las siete; con impaciencia por tener en nuestras manos la portada reluciente y lustrosa de la revista Estadio, que después las desprendíamos para forrar las paredes de los dormitorios, como la tenía el Flaco Abel, que ya no parecía tener espacio, en un verdadero mosaico de camisetas representativas de todos los equipos del futbol chileno. Así crecimos, en medio de calles enripiadas, adobes y pecos bill.

Esa noche no logre conciliar el sueño. Colo Colo estaría en Calera para enfrentar al cuadro cementero del Mago Saavedra, Libuy o el Chico Torres. Desde el tablón con una presa de pollo en las manos seguimos cada jugada. Imparable por la punta derecha, Mario Moreno fintea rivales y también la  fruta de la estación que cae desde la barra calerana, mientras Roberto Frojuelo dejaba en el camino a Zuleta y al Toño Vargas.

1973. Como olvidarlo. Esa noche del Maracaná la magia de Chamaco y el “Chino” Caszely, de la mano del Zorro Álamos, parecían reescribir una historia, donde los únicos amos de sudamerica venían del Atlántico, sumando trofeos tras trofeos;intimidando a los nuestros con su sola presencia; donde un buen papel se limitaba a colgarse del travesaño para evitar una boleta de varios dígitos; sin embargo esa noche húmeda, en el estadio más grande del mundo, el grito de los cariocas se ahogó en el asombro como una verdadera maldición, al igual que aquel lejano día del año 50, cuando la celeste apagó los tambores  de las cofradías  que esperaba dar rienda suelta al frenesí del carnaval por todas las favelas . Esa noche el cacique grababa a fuego una de las paginas más gloriosas de su historia deportiva, al pintarles la cara en su propio reducto, a uno de los más grande del fútbol mundial: Botafogo.

5 de junio de 1991.Noche fría. Lluviosa. En el Monumental, el cuadro popular, nos llevaría a tocar el exclusivo firmamento estelar, que desde siempre parecía reservado solo para unos pocos privilegiados del otro lado de la Cordillera. El Barti, el Chano Garrido, “Ratón” Pérez y Leonel Herrera junior,robaron una estrella de la mano de David Arellano y los Hnos. Robledos, presentes también, para beber de la ambrosía balonpedica de los inmortales.

Cristóbal de la Puente, viste zapatos bicolor: café y blanco, pantalón escocés, sweater de biscochos azules y blancos y un jockey que parece aplastar sus cabellos color ceniza. Toma el palo de golf con la clase de un maestro; de quien ha conocido este deporte desde su niñez. Legado de sus bisabuelos ingleses, que llegaron a inicios del siglo veinte, atraídos por el oro blanco del norte Han sido muchas horas dedicadas a mejorar los golpes sobre el pulcro y geométrico césped del exclusivo Club que mira a todo lo ancho, el lustroso fondo azul del océano Pacifico. Sólo se escucha el trinar de algunos pájaros y el choque salvaje de las olas sobre los roqueríos que acompañan el rocío de las frescas mañana de verano. Lo acompaña un muchacho de tez morena, que a duras penas carga sobre sus hombros una especie de gran saco, donde se lee Callaway con palos que Cristóbal va usando y cambiando a medida que avanza entre los árboles y espejos de agua como si tratara de una maqueta. Es un deporte silencioso. No hay contacto ni adversarios. El escaso público camina sorteando las paletas publicitarias del banco de Boston y American Express, del cual Cristóbal es accionista, al igual que el club más popular de Chile. No hay hinchas ni banderas. Menos bombos ni vuvuzelas. Aquí se respiran otros aires.Baja de La Dehesa solo para llegar a Zapallar o directo a Pudahuel cuando sus obligaciones empresariales lo llevan a viajar a algún remoto punto del planeta. Al futbol no va. Su corazón está partido en dos: el ceatoleí, por su formación en el Saint George, desde que su padre lo llevó al estadio Independencia para seguir al cuadro de “la patria, Dios y la Universidad” y últimamente en la madurez de su vida convertido en el accionista mayoritario del cacique.

Ahí están los jóvenes "macheteando" para adquirir una entrada, una camiseta, una bandera. Armados de garrotes y cadenas para enfrentar a sus “enemigos” que viven el mismo drama: la utilización de sus pasiones. En la pobreza de la población se multiplican las barras bravas; encendidos por el alcohol y la pasta base, convertidos por los señores de la pelota en presa fácil, de quienes han hecho su negocio a costas de consumidores abandonados en la berma social; asqueados de un sistema que les niega todo; incluso elegir a quienes dirigirán el fútbol rentado.Ya no es el sistema neoliberal ni las injusticias sociales, que llevaron un día a un puñado de adolescentes, a largarse a los montes, armados de sueños color verde oliva y convertir a sus naciones en paraísos de igualdad. Son consumidores de una droga que da buenos dividendos, a quienes toman decisiones desde las arenas blancas del caribe, transando jugadores que repletan sus cuentas para quienes el futbol es solo un negocio más.

Colo Colo Cambió. La imagen del mapuche como escudo en el pecho albo, parece por estos días, una pintoresca contradicción, de quien recorrió los bosques antiguos de la precordillera y que hoy encuentra a sus herederos  encarcelados exigiendo respeto a su cultura y dignidad para su pueblo.

Hoy congelo mi amor por el club que aprendí a querer desde niño. Este Colo Colo no me gusta. No me simpatiza. Prefiero ese cuadro de camisetas lavadas por la señora Lucha; el mismo del Quitapenas; del banderín colgando en el taller del zapatero o el mecánico del barrio. Colo Colo está secuestrado por el poder.Hoy me declaro independiente; un observador de jugadas en un tablero. Me resisto a ser parte de la comparsa futbolera, que hoy por hoy se ha transformado en el opio del pueblo. Esperaremos mas temprano que tarde, que los mercados bursátiles colapsen; se desplomen y veamos a los hombres de blanco y negro, huyendo con sus maletines cargados con los verdes billetes, hacia otras tiendas que den una mayor rentabilidad. Así ha sido; así es y así será.

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